El vicio de la comparación: ¿Cómo superarlo?

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"Deja de compararte con los demás" te recomiendan los coaches de negocios y desarrollo personal, como si fuera algo tan fácil de hacer como dejar de picarte la nariz. Hasta yo lo menciono muchas veces, cuando sé que es una de las grandes barreras que yo misma tengo que atravesar todos los meses.

La comparación siempre estuvo con nosotros, desde que éramos niños. Siempre hay una vara de medir, desde que sos bebé. Lo sé porque tengo una prima que vive en Estados Unidos que nació exactamente el mismo día que yo.

Imaginate las veces que nos habrán comparado. No sólo comparaban nuestra personalidad y estatura, sino que a medida que fuimos creciendo hasta comparaban nuestra inteligencia. Capaz no era la intención de mis padres o de mis tíos hacernos competir, pero yo siempre sentía alivio cuando le ganaba a mi prima, y al mismo tiempo sentía estrés al saber que ella iba adelante.

Cuando dejé la universidad, cosa que en su momento fue casi una tragedia familiar, sabía que mis tíos nos iban a decir lo bien que le estaba yendo a mi prima. Ahora de grande sé que no lo hacían de mala leche, pero en su momento anticipaba que cuando lo mencionasen me iba a incomodar.

 


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Esto no sólo pasaba en mi familia, era algo cotidiano. En la escuela primaria formaba parte de las nerds. Tenía facilidad para estudiar y aprender rápido los conceptos, pero lo que siempre me costó fue participar en clase. Recuerdo que buscaba sacarme las mejores notas, hasta que una maestra de Educación Cristiana, de quien hoy dudo que tuviera título de docente, dijo que nunca me iba a poner un 10 porque yo no hablaba en clase como los demás. 

Lizzie se llamaba. Una flaca escopeta de nariz respingona y voz de pito, amiga de la iglesia que dirigía el colegio. La recuerdo como un calco. Ella sabía que yo era buena estudiante, sólo que muy tímida, y como no tenía el carisma de sus alumnas favoritas, que también iban a esa iglesia, no era digna de tener la mejor nota.

Resulta que un día nos entregaron los boletines y yo tenía 10 en todos los exámenes, pero en el promedio general me había puesto un 9. Una de mis compañeras carismáticas le preguntó frente a todo el curso por qué me había bajado la nota final, y dijo, también, frente a todo el aula, que yo no hablaba.

La frase "Si tan sólo participara más en clase..." me quedó grabada. Era la primera vez que sentía que nunca iba a ser la mejor, sólo por mi forma de ser. Para mí era imposible participar en clase. Cuando me tocaba hablar, me agarraba taquicardia. ¿Cómo iba a hacer para llegar al 10 sin ser yo?

Creo que fue ese el día en el que me rendí en la escuela. Dejé de estudiar para el 10. Estudiaba lo mínimo para aprobar. Total, nunca iba a llegar. Gracias Lizzie.

Lizzie era la maestra que menos quería. Lo que más me molestaba de ella, no era que había dicho una estupidez, porque en ese momento yo no tenía la capacidad para darme cuenta de esas cosas, lo que me molestaba era que había hecho evidente para todos que yo debía ser como los demás.

Ojalá esto se limitara a aparecer sólo en la familia y en la escuela. Creo que el ámbito en donde más se acentúa y, a la vez, en donde más se esconde, es en el mundo del desarrollo personal y espiritual.

Con tal de buscar un crecimiento comunitario y al bajar líneas sobre cómo deberían ser las cosas, siempre queda un mundano excluido.

En las iglesias dicen que Dios ama incondicionalmente, pero todavía hay muchas que te hacen sentir una basura si no seguís sus vagas interpretaciones de la biblia.

En el desarrollo personal, pareciera que si no sos organizado, no tenés forma de lograr las cosas. Y ojo, hasta yo me incluyo en ese campo, porque a veces, sin darme cuenta, se me escapa usar la estructura semántica que dice "si querés X, entonces debes Y". Todavía estoy trabajando en eliminar esa frase de mi vocabulario, creeme.

Es más, parece una joda, pero hace unos días dije: "Si querés crecer, deja de compararte..."

A partir de esa conversación, fue que surgió la pregunta que dio origen a este escrito: ¿Se puede bajar línea sobre la comparación? ¿Se puede escapar de la comparación? ¿Hay forma de evitarla? 

Creo que por la forma de ser que tiene la sociedad actual, no hay forma de evitar la comparación. A menos que uno viva en un envase hermético o suspendido en el espacio, claro. 

Si bien, uno puede dejar de entrar a Facebook o dejar de seguir a todos en Instagram, esa no es más que una forma superficial de tapar una herida con una curita.

Me parece que lo que se puede hacer es cambiar la forma en la que abordamos la comparación. 

¿Cómo?

Primero, notar que la comparación podría ser positiva, en lugar de ser negativa. 

¿WTF? ¿Qué? 

Está científicamente comprobado que si querés entrenar a alguien, dar órdenes negativas juegan en contra de cómo funciona el cerebro. Al parecer, la palabra "NO" o los verbos contradictorios, son filtrados por él. 

Es decir que, si soy entrenadora de fútbol y le digo a Messi: Lio, NO le des la pelota a Higuaín, Messi, en su mente no procesa la palabra "NO", sino que subconscientemente entiende: Lio, .. le des la pelota a Higuaín. Y así es como perdemos el mundial. Chiste, te perdonamos Pipita.

Entonces, volviendo al síndrome de la comparación, si tenemos esto en cuenta, ya no podríamos usar la frase: "Deja de compararte" porque la palabra "deja", que es negativa, no pasa el filtro. Al decir "Deja de compararte" a alguien, esa persona se va a comparar indudablemente. Si antes no lo hacía, ahora lo va a hacer.

 

¿Cómo hacer la comparación positiva?

En lugar de mirar lo que te falta respecto a tus pares, celebra que ellos pueden hacer las cosas diferente. Sí, celebrá las diferencias, pero hacelo de verdad. Al final, el comparar es notar las diferencias, no hacer hincapié en las deficiencias.

Si un competidor tuyo fue invitado a hablar a una ponencia y a vos todavía no te mencionó nadie, celebrá que a él le esté yendo bien, sin importar lo que vos sientas. No hace falta que lo felicites o que le hables siquiera, sonreí desde donde estés, y decí: "qué bueno que a Fulano le esté yendo tan bien". No todo tiene que ver con vos, colega. Que él parezca tener éxito, no implica que vos no lo tengas.

Y me animo a usar el verbo "parecer", porque la realidad es que tampoco sabemos qué de todo lo que vemos es real. Si bien podemos usar esto de excusa para "ganar" en la comparación, tampoco se trata de llevar ventaja, sino simplemente conocer otras historias para aprender más sobre cómo podemos crecer nosotros.

Hoy, miro para atrás y recuerdo la historia de Lizzie, mi maestra de Educación Cristiana, y sé que ella no sabía que me venían comparando de bebé. También estoy segura de que muchas iglesias no pueden cambiar de un día para otro porque perderían sus salarios. Y también soy consciente de que muchos autores de desarrollo personal sólo quieren distribuir conocimiento, más allá de que muchos de los receptores tenemos programado el instinto de la comparación negativa.

¿Qué pasaría si supieras que tu historia es única y que siempre vas a ser suficiente?

¿Cómo sería tu vida si supieras que ya tenés todo lo necesario para lograr lo que querés?

Sinceramente, no sé si lo tenés, pero te reto a que lo creas. Vos y yo, estamos en la misma, luchando con el mismo virus. Algo hay que hacer, colega. 

Esto es lo que te propongo hoy:

Animate a encarar una comparación positiva y aceptá que siempre vas a ser diferente. 

Alegrate cada vez que veas que a tus colegas les esté yendo re bien. 

Animate a cambiar a tu ritmo, aunque nadie te entienda. 

Fallá más, si para eso estás.

Experimentá y escribí tu propia historia.
 


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Autora: Gabriela Higa

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